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EL INCENDIO DE LA HACIENDA DE CÁRDENAS EN 1911

Archivo Rojo, el incendio de la Hacienda de Cardenas
Ilustración de Elihú Avila

Fueron a rezar a una capilla que de pronto se convirtió en una hoguera, el sacerdote alcanzó a rescatar el Santísimo, cuadro dantesco de cuerpos arrastrándose lastimosamente que parecían momias. El gobernador José María Espinosa y Cuevas, la viuda de Díez Gutiérrez y otras familias brindaron apoyo a los heridos. Envían de San Luis a un médico, a un pasante y tres enfermeras; se estiman 20 muertos.

Honda impresión ha causado entre nosotros la terrible catástrofe de que fueron víctimas el día primero de enero de 1911, los pacíficos habitantes de la Hacienda de Cárdenas, propiedad de la señora Barajas de Díez Gutiérrez y situada a cerca de doscientos kilómetros de esta ciudad, sobre la vía que se dirige a Tampico.

Aún se escuchan en aquella región los lastimeros ayes de los supervivientes y el llanto de los que perdieron alguno de los suyos en el fatal acontemiento; aun se ven con profunda mezcla de horror y de tristeza, los muros ahumados de la antes pintoresca capilla, ayer lugar de oración y religioso regocijo; hoy sitio de muerte, cuya presencia hace derramar lágrimas y germinar dentro del alta los más amargos y dolorosos recuerdos…

¿Cómo se inició la catástrofe? De una manera muy sencilla, fácilmente explicable, una verdadera desgracia: la pavesa de una de vela que se desliza a lo largo de la de ésta, que va formando un canal de cera derretida, que impregnada de esta substancia llega ardiendo a una materia combustible como lo es paxtle seco y al cual, naturalmente, inflama, y encontrándose a su alrededor más materias combustibles, bien pronto convierte el altar en hoguera inextinguible que asciende al cielo raso, lo abrasa; se encuentra ahí con materias resinosas que tapizan el interior del techo y caen en lluvia de fuego sobre centenares de personas que pugnaban por escapar de aquella hoguera que les lleva la muerte, pero que se encuentran con una barrera humana imposible de franquear, formada por una multitud que, unida en compacto grupo, evita la salida de los que están dentro.

Esto ha sido todo, los esfuerzos del sacristán fueron inútiles y el sacerdote que oficiaba, situando en el lado opuesto y a más de dos metros de donde el incendio se iniciaba, apenas si puede salvar la Custodia, en medio de las llamas: después… seres humanos que más parecen momias o monstruos que se arrastran trabajosamente, tratando de cubrir sus carnes con fragmentos de vestidos quemados y van a caer moribundos a pocos metros; luego… la desolación, la muerte, el llanto.

La caridad tendió sus alas luego y la señora Díez Gutiérrez manda que se les proporcione a los heridos cuanto necesitan; aloja algunos en su misma casa, les abriga, les alimenta y les facilita lechos y local apropiado para sus curaciones; la colonia americana se presenta solícita a prestar su ayuda, y los señores Arbide, la señorita Saldierna y otras personas cuyos nombres se agolpan en nuestra memoria, no descansan en auxiliar a los infelices damninificados.

Como la autoridad política del lugar, el señor Mayor Mariano Zúñiga, dio aviso inmediato al Gobierno, éste tomo providencias para prestar auxilios oportunos, y al recibir un telegrama en que se solicitaba un médico, el señor Gobernador Espinosa y Cuevas, en busca del facultativo que había designado para que fuera a prestar sus servicios al lugar del siniestro. Aparte de este facultativo, quien fue autorizado por el mismo señor Gobernador para hacer los gastos que fueran necesarios, fue otro médico que reside en Alaquines, al llamado del primero y, además de los medicamentos que éste llevó inmediatamente, se han estado remitiendo grandes remesas de otros, cuyo valor ya asciende a una suma considerable.

El señor Gobernador, no obstante que se trata de una finca de propiedad particular, y a pesar de haber enviado al médico antes dicho, mandó un practicante y después tres enfermeras prácticas del Hospital Civil, quienes bajo la dirección de dicho médico, se encargaron de la asistencia de los lesionados. Podemos esperar que gracias a este oportuno auxilio, no seguirán sucumbiendo más víctimas, pues los tres hospitales provisionalmente establecidos en las escuelas de niños y niñas y en un local cerca de Rasconcito, proporcionado por la compañía ferrocarrilera, prestan las condiciones necesarias en cuanto es posible y las curaciones son hechas con todo empeño y eficacia.

Muchos de los damnificados que presentaban profunda gravedad, hoy se encuentran en relativo alivio. Se cree que los muertos no llegarán ya un veinte por ciento. (Crónica tomada del Periódico Oficial del Estado, 14, I, 1911).

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