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sábado 15 de agosto de 2026 San Luis Potosí, México
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Autor: Juan Carlos Gutiérrez Enríquez

 

A Trini la matamos desde antes.
Unos días antes de morir, Trinidad fue al cementerio donde habrían de sepultarla. Quizás fue la Navidad, o un presentimiento, pero ese viernes la pasó limpiando la tumba de su hijo, que murió poco después de nacer. Luego salió del cementerio para seguir con su indómita vida, hasta la mañana en que la hallaron tirada en un predio la noche más fría del año.

La Ciudad 2000 es una colonia rodeada de carreteras, fábricas y lotes baldíos. Nunca fue un buen lugar para vivir. La falta de parques, centros comunitarios o recreativos y de oportunidades para sus habitantes han causado un fenómeno pandilleril preocupante. Con robos a domicilio, asaltos y épicas riñas entre bandas rivales se escribe la historia de ésta y otras colonias que orbitan la tristemente célebre zona oriente de la capital de San Luis Potosí.

En ese marginal contexto, en la vecina privada San Cristóbal creció María Trinidad Villanueva Aguilar, una niña alegre, de nariz chata y labios gruesos que a los doce, poco antes de salir de la primaria, en 2004, tuvo el infortunio de conocer a otras jovencitas mayores que ella que la iniciaron en la fumada, luego en la marihuana, más tarde en los inhalantes hasta convertirla en una niña adicta que faltaba a la escuela y se escondía bajo los puentes de la carretera 57 para pasar el día oliendo “la mona” junto a sus amigos.

“La primera vez que la tanteé tenía unos trece años, empezó llegar tarde a la casa, una vez la encontré en la calle inhalando thinner con sus amigos, le llamé la atención y la metí a un anexo en la avenida Ricardo B. Anaya, duró 5 meses ahí, luego estuvo 15 días bien, en la casa, pero se salió y volvió a las andadas”, expresó su padre, Hilario, a varias tumbas de distancia de donde enterraban a su hija en la víspera de Noche Buena.

Minutos antes, se podían contar sin dificultad a las personas que acompañaban a Trini -como le decían-, en la misa de cuerpo presente, en la iglesia de San Francisco de Asís, de la delegación de Villa de Pozos. No más de 30 personas.

Afuera, la gente apresurada saturaba las callejuelas con sus compras para la cena navideña, adentro, en minutos eternos, la virgen de la Inmaculada Concepción, inmune de todo pecado original y personal, parecía contemplar piadosamente el cuerpo de la joven de 27 años, vestida con una camisa azul claro a botones y un gorro del mismo color -porque al embalsamar y limpiar su cuerpo fue imposible quitarle las marañas de pelo pegadas con resistol cinco mil- dentro de un ataúd de macopán revestido con tela color azul rey y olanes de percal blanco.

Para la virgen, decenas de nochebuenas a sus pies colocadas vehementemente por los parroquianos. Para Trini, dos arreglos de gerberas rosas.

“La vida es un misterio, debemos entederla y aceptarla”, expresó el párroco: letanía insuficiente. Si bien la mayoría de los familiares de Trini esperaban un desenlace fatal por su adicción a los inhalantes, no se imaginaban cuándo, ni la forma en que Trini terminaría: tirada en un lote baldío a menos de 150 metros de la casa que tantas veces escapó, la noche del 21 de diciembre, un sábado helado y lluvioso que mantuvo a todos los colonos dentro de sus casas.

Al principio, todos en la colonia San Cristóbal creyeron que había muerto de frío, pero luego, la policía Ministerial le informó a la familia que la autopsia reveló violación y estrangulamiento, entonces el dolor se pronunció más en la familia, sobre todo en Catalina, que cientos de veces salió en vano a las calles a buscarla y traerla a casa. En su mirada cohabitaban el dolor y el descanso de saber al fin dónde podrá encontrar a la segunda de sus seis hijos.

“Desde jovencita se arreglaba y le gustaba salir, ir a fiestas. Ya no estudió la secundaria, nomás fue 15 días y empezó a echarse la pinta, se iba con sus amigos.

Me decía que saliera porque a mi no gustaba salir, siempre fue así”, de esta forma la recordó su hermana menor mientras caminaba detrás de la carroza, rumbo al panteón de la delegación.

“Vive rápido, muere joven”-
Hilario, de 55 años, es trabajador en una fábrica de acero. Dijo que a Trini la anexaron más de 5 veces en distintos lugares, volvía a casa desintoxicada y con otra oportunidad para enmendarse, pero a los 15 días volvía a escaparse y retomaba su estilo de vida. Pasaba las noches en casa de algún amante ocasional, o bajo el puente de la carretera 57, frente a la fábrica Detersol, entre cartones y harapos recolectados en su diario deambular.

Recorría las colonias bajo el letargo de los solventes, pedía “un taco” en las casas de sus conocidos y como no era agresiva recibió ayuda de vecinos conscientes de los esfuerzos de Hilario y Catalina por salvarla. En temporadas, juntaba unos pesos limpiando parabrisas en el crucero de periférico y Avenida Industrias, y de vez en cuando visitaba a alguna de sus hermanas o a sus papás para bañarse y pedirles ropa.

Trini era una Robinson Crusoe en su propia isla, una jungla de cemento que exploraba día con día. Se tendía al sol en el jardín de alguna plaza a formar figuras con las nubes galopantes frente a sí. El “chemo” y el thinner la sacaban del mundo, “la olvidaban” de problemas inventados por su propio ego.

Frecuentaba los tianguis sobre ruedas a pedir fruta o ropa usada; se refugiaba de los demonios de la noche en cocheras ajenas o en su castillo de concreto sin noción de sí misma y, como si los pandilleros y sus “amigos” no le hubieran ya quitado suficiente, enfrentó otro tipo de peligros que dejaron secuelas en su vida.

Aún no cumplía los 20 años de edad cuando se embarazó de un desconocido. Intoxicada, le resultaba difícil cuidarse.

En una ocasión, la joven fue apaleada y casi pierde a su hijo, que murió a las pocas semanas de nacer. Poco después, Trini volvió a embarazarse. Hilario trató de retenerla, pero siempre encontró la manera de huir. Cuando nació su bebé se lo entregó a sus padres y ella continuó viviendo en las calles, de manera que, cuando Trini iba a su casa a bañarse y cambiarse de ropa, el pequeño corría asustado a los brazos de su abuela.

En su naufragio personal, Trini fue atropellada en dos ocasiones. Una tarde soleada cruzaba la avenida de los Pinos absorta en su pensamiento cuando un auto la hizo volar, abriéndose la cabeza al caer en el suelo. Su familia no supo que estaba grave hasta días después, que la Policía Ministerial recibió el reporte de la joven herida y avisó a sus padres. La policía ya la conocía, pues en repetidas ocasiones Hilario pedía su apoyo para localizarla.

Esa herida le produjo posteriormente dificultad para hablar. La segunda vez fue más grave aún. Una noche atravesó sin precaución la carretera 57, a la altura de la fábrica de cerveza Corona y un vehículo la golpeó tan fuerte, que Trini quedó tendida en el asfalto con la pierna y su brazo fracturados y volteados, como una muñequita de porcelana quebrada en el piso.

Ni los tres meses que duró en el hospital Central, ni las cirugías para componer su cuerpo, ni las noches frías durmiendo bajo el puente, ni el desprecio de la gente y ninguna otra experiencia traumática en su pasado la hicieron desistir de su vida indómita. Las calles la reclamaban, los solventes la seducían y no descansarían hasta quitarle su aliento, así que, tan pronto pudo caminar, la joven volvió a recorrer su isla urbana.
Sus escapes de casa fueron tantos, que sus padres y hermanos se rindieron.

Una de los suyos vivía tercamente en las drogas y al borde de la indigencia y solo restaba mirarla con tristeza y decepción al cruzarse con ella en algún punto de Ciudad Dosmil, donde se convertiría con el paso de los años en un personaje lastimoso y marginal, invisible a los ojos de la sociedad, del gobierno y sus dependencias de salud, como también a los ojos de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, que con su suntuoso presupuesto también debería estar obligada a apoyar de oficio a las personas con problemas de adicción y asegurarse de que reciban tratamiento en clínicas de salud públicas.

En un enésimo intento por salvar a su hija, a mediados de 2018 Hilario la mandó a vivir a Real de Catorce, su pueblo natal, con el fin de alejarla de las malas juntas. Allá, sus familiares trataron de cuidarla y darle quehaceres para mantener su mente ocupada, pero fue inútil. Trini desapareció durante varios días, sus tíos pensaron que había regresado a San Luis Potosí, pero fue un grupo de turistas norteamericanos quienes la encontraron en la cima de un cerro, tirada entre una nopalera, intoxicada por consumir peyote.

Los turistas la cargaron y la regresaron al pueblo, donde recibió atención básica: suero, agua, pomadas para aliviar su piel expuesta al sol durante varias horas, pero la intoxicación, el hambre y su problema para hablar le impidieron identificarse, no sabía quién era, así que los turistas se la llevaron a la Ciudad de México, donde la internaron en una clínica y pidieron a la policía que la identificara y ubicara su lugar de residencia, pero, como siempre ocurre cuando se trata de apoyar a algún joven adicto, fueron ignorados.

Entonces los norteamericanos la hospedaron en su hotel y trataron de conseguirle una visa humanitaria en el consulado de su país para llevársela a Estados Unidos, pero, por falta de documentos, no pudieron apoyarla.

El último acto humanitario de los gringos fue contactarse con unos amigos en San Miguel de Allende, y enviarla en autobús a una clínica de desintoxicación, pagándole además el tratamiento.

Permaneció allí más de 9 meses. “No sabíamos nada de ella, pensábamos que ya se había perdido para siempre, hasta que salió de la clínica y alguien de allá subió una foto en internet y unos familiares la reconocieron, así que fuimos por ella”, explicó su padre.
Trini recuperó peso y lucidez. “¡Se veía bonita mi hija!” -añadió con cierto dolor su papá.

Terminaba septiembre del presente año cuando la trajeron a casa con todo y sus medicinas. Sus hermanos, cuñados, sobrinos y tíos la apapacharon y la cuidaron, estuvieron pendiente de ella, pero a los tres días, Trinidad volvió a escaparse. Esa fue la única y la última ocasión en que su hijo la vio sana, cuerda, bonita.

El 13 de diciembre, Jesús, un carretonero de 38 años que había sido su pareja más estable, acompañó a Trini al panteón de Villa de Pozos a ver a su hijo y limpiarle su tumba: una plancha de cemento pintada de azul, donde pusieron carritos.

Poco después, Trini escapaba de su isla en la noche más fría de Navidad. Quizás a Trini la matamos desde antes.

Autor: Juan Carlos Gutiérrez Enríquez

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