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Niños de Alepo, alegres en la tregua, pese a los estómagos vacíos

Alepo.- Los niños tomaron por asalto este martes los columpios y los tiovivos multicolores de Alepo, en el primer día de tregua, sin temor a que sus juegos terminen en tragedia, pero con los estómagos igual de vacíos.

El barrio rebelde de Bustane al Qasr recuperó las risas y gritos de los niños, que aprovechan de este primer día de calma para divertirse y armar jaleo, rompiendo con un cotidiano en el que se enclaustran en sus casas para escapar a la muerte.

Otros, un poco mayores, juegan al futbol bajo un puente destruido, al igual que muchos edificios en el barrio de Chaar. Pero, este día del Eid al Adha, la fiesta musulmana del sacrificio (de un cordero que después es compartido en familia o con amigos), no es sinónimo, como antes de la guerra, de un festín. En la ciudad no hay alimentos.

Por primera vez desde la última tregua en febrero, los aviones no lanzaron sus bombas y los alepinos pudieron dormir plácidamente, pero los barrios rebeldes de la excapital económica y segunda ciudad del país, así como en las otras localidades sitiadas, esperaron en vano la distribución de la ayuda humanitaria esperada en virtud del acuerdo de tregua.

«La detención de los bombardeos está bien, pero no es suficiente. Queremos la llegada de alimentos», afirma a la AFP Abu Jamil, en Ansari, barrio de la parte rebelde de Alepo.

«La situación es mala, puesto que los mercados están vacíos», añade este hombre de 55 años.

Decepción

Devastado por la guerra, el sector este de la ciudad, sitiado, sufre una escasez sin precedentes.

El frente principal se calmó. Este martes, un periodista de la AFP en el lugar constató que las calles estaban más frecuentadas que lo acostumbrado. Sus habitantes discutían en las aceras o frente a sus casas en muchos barrios.

Pero la mayoría de los zocos estaban cerrados por falta de provisiones, y en los pocos abiertos los viandantes intentaban comprar algo de lo poco que les ofrecían, como berenjenas, calabacines (zapallitos) u otras hortalizas.

La decepción es palpable porque no ha llegado ninguna ayuda, a pesar de que el acuerdo rusoestadunidense la preveía a partir del lunes para las ciudades sitiadas o de difícil acceso, como es el caso de Alepo, donde al menos 250 mil personas carecen de todo en el lado rebelde.

«Escuchamos decir en la televisión que habría entrega de ayuda», indica Mohamad Hashisho, en Kallassé, otro barrio bajo control rebelde.

«Pero 20 horas después (de la entrada en vigor del acuerdo), aún no hemos recibido nada», dice, decepcionado, este hombre de 23 años.

La ONU dijo este martes que condicionaba el comienzo de las operaciones humanitarias en Siria a poder contar con garantías de seguridad para sus convoyes.

Según Naciones Unidas, en las primeras distribuciones previstas se brindará ayuda alimenticia al este de Alepo, que no ha recibido ayuda de la organización desde julio, cuando las fuerzas del gobierno le impusieron un primer sitio.

La asistencia será encaminada desde Turquía, por la ruta del Castello, al norte de la ciudad, donde militares rusos instalaron un punto de observación, sin que se sepa si el ejército se retiró como prevé el acuerdo.

Apariencia de normalidad

En la ciudad rebelde de Duma, cerca de Damasco, también sitiada, lo que más falta hace es material médico.

«Esperamos que nuestros depósitos se llenen de medicamentos», indicó Yaser al Shami, director de un hospital de la ciudad.

Abu Hamza, quien dirige el servicio de diálisis del mismo, dice esperar «la llegada de los equipos necesarios, puesto que todo retraso afecta a los pacientes».

«No nos queda nada tras la última ayuda», entregada a mediados de junio, explica.

En la parte controlada por el gobierno en Alepo, los habitantes están simplemente encantados de volver a una apariencia de normalidad, con los niños jugando al baby-futbol, entre otros. «Espero que esto sea en serio. Espero no escuchar más los gritos de los heridos en el hospital», dice a la AFP Alaa Jomaa, quien ha dejado sus estudios de economía para convertirse en enfermero a causa de la guerra.

«Rompía el corazón escuchar los gritos cuando había que extraer restos de un cohete de un cuerpo. Hoy, por primera vez, no he escuchado esos gritos», destaca.

Ahmad Abdel Moti, conserje del hospital, de 41 años, está contento de «no haber escuchado ni una sola sirena de ambulancia».

«Por primera vez no he tenido que anotar números de heridos o de muertos», concluye.

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