En 1982, la ciudad no era tan grande como la homofobia y el prejuicio de esos días. Gobernaba el Estado Carlos Jonguitud Barrios y su Convoy marcaba la ley, subiendo a las patrullas cuanto pandillero o “rarito” encontraba a su paso para raparle una parte de la cabellera y dejarlos ir con “la vergüenza” a cuestas.
El aire tradicionalista asfixiaba el ambiente. Como antenas 5G, las iglesias transmitían desde sus cúpulas las pautas del comportamiento potosino, intolerante a cualquier costumbre no incluida en sus dogmas, pero, con toda esa oscuridad, algo revolucionario estaba sucediendo aquella noche de verano en una casa de la flamante colonia Himno Nacional.
Juan Roberto Mondragón le había sacado el permiso a su madre para organizar “una fiesta” con sus amigos, así que, desde temprano, movió los muebles de la sala para hacer espacio. Consiguió prestadas sillas y con globos y luces de colores, convirtió su casa en la primera sede del concurso Señorita San Luis Gay, tan discreto y clandestino como tenía que serlo en esa época.
Los asistentes a esa fiesta abarrotaron con sus autos la esquina de la avenida Himno Nacional esquina con Héroes Potosinos y pasaron hasta la habitación de Juan Roberto con sus mochilas y neceseres Samsonite, transformándola en un camerino de rímel, maquillaje, pelucas, vestidos y convertirse en princesas de esa noche del 82, para disputarse una de las primeras coronas de belleza gay que se diera en San Luis Potosí.
Juan Roberto rayaba en los 20 años de edad cuando, quizás sin quererlo, inició por su cuenta (y alternativamente a otros personajes de la época) la lucha por los derechos de la comunidad homosexual en la capital y en San Luis Potosí. Quizás no se imaginaba que, en esa noche de raso y percal en la que fungió como maestro de ceremonias, él y sus amigos comenzaban una contracultura que derrumbaría los gruesos muros de la intolerancia potosina.
Vendedor de joyería, de trato amable y siempre varonil, Juan Roberto se empeñó en organizar desde entonces un certamen anual en el que los participantes se convirtieran en las mujeres más atractivas de la noche.
Durante toda la década de los ochenta, el concurso se mantuvo casi exclusivo para la comunidad gay. En la década de los noventa, el evento comenzó a abrirse un poco más al público heterosexual, principalmente amistades de los concursantes.
Conforme pasaba cada edición, Juan Roberto se encargó de brindarle mayor realce y seriedad al evento, con distintas etapas para las concursantes, la participación de jurados y hasta show artístico en el intermedio. Cada convocatoria al concurso -hecha a voces o con carteles en los negocios de los miembros de esta comunidad- atraía a decenas de jóvenes universitarios, obreros, empleados de gobierno y empleados por su cuenta que ansiaban el título.
Paralelamente a su certamen de belleza gay, que personalmente organizaba en cada mínimo detalle y conducía, el joven fue convocado por Vicente Betancourt, otro visionario que regenteaba el Barón Rojo, un bar frecuentado por hombres discretos que socializaban entre ellos al calor de las copas y que, ante la creciente demanda por espacios de divertimento, fundó en una bodega situada atrás del salón de eventos Río la discoteca “Sheik”, uno de los lugares más emblemáticos de la capital potosina en los años ochenta.
Vicente y Juan Roberto hicieron una mancuerna de negocios formidable. El primero: visionario y emprendedor; el segundo: organizado y creativo. Juntos brindaron mil y una noches de música, color y alegría a chicos y chicas en esa disco de la calle prolongación Zacatecas -tan oculta como su propia comunidad- tan famosa como Oasis, Arusha, Tenis Company, Chaplin, La Jaula del Jaguar y otras discotecas para publico heterosexual de esa época.
En los años noventa trajeron a un sinnúmero de bailarines, actores y actrices afines a su comunidad, organizaron noches temáticas, posadas, concursos de baile, de canto y todo lo imaginable por ese par de mentes creativas que pudiera ofrecerles a sus clientes lo hicieron sin reparar en gastos, pues para ellos, la elegancia y el glamour no tenían precio. De hecho, Juan Roberto llegó a realizar su certamen en esa discoteca y en el salón Corona, en las antiguas instalaciones de la Fenapo.
Ya entrados los noventa, del salón Corona, el evento Señorita San Luis Gay pasó a celebrarse en el salón de fiestas Bus Sen, en la colonia Las Piedras. El dueño de ese lugar fue de los pocos que le quisieron rentar, pero a un precio más alto por tratarse de un evento “de esa naturaleza”.
A pesar del rechazo de la sociedad potosina a la homosexualidad, Juan Roberto siempre tuvo tacto e inteligencia para abrirse puertas, para hablar con las personas adecuadas que le facilitaran la concreción de sus sueños.
Pasaron 15 años para que el certamen Señorita San Luis Gay dejara la clandestinidad y otros 5 para que adoptara la naturalidad de la que hoy goza. Juan Roberto Mondragón siempre sembró buenas relaciones con miembros de su comunidad, con las autoridades municipales, con los medios informativos, elevando de nivel su proyecto al grado que algunas ediciones superaron el concurso Señorita San Luis, organizado por la secretaría de Turismo de gobierno del Estado, y de eso dieron fe las crónicas periodísticas a mediados de la década del dosmil.
Parecía que todo le iba bien a Juan Roberto, vivía su sexualidad a plenitud, tenía una familia que lo aceptó y le admiró su disciplina y sus logros personales, así como una brillante reputación como empresario en la comunidad gay, pero en marzo de 2006, su amigo y socio Vicente Betancourt pierde la batalla contra una enfermedad con la que venía lidiando por varios años, causando una profunda pena en Juan Roberto.
Apenas había pasado un mes de la muerte de Vicente. Juan Roberto guardaba luto por su amigo y le preparaba un homenaje en la discoteca donde tantas noches trabajaron juntos, cuando una persistente tos le hizo internarse en el Hospital de la Salud. En la cama, el visionario fundador del concurso Señorita San Luis Gay ideaba cómo homenajearía a Vicente cuando recobrara su salud, pero ya no salió del nosocomio.
“Mi hermano tenía buen trato, siempre fue respetuoso y amable con las personas, y ese carisma le valió muchos amigos con los que convivió, trabajó y luchó por ser aceptados en una sociedad muy cerrada. Algunos le recuerdan todavía, otros le traicionaron, pero es él un ejemplo de vida y le agradezco que me haya incluido en su vida”, afirma su hermana Claudia.
El 21 de abril de 2006, el príncipe Mondragón se fue en busca de su amigo.
La discoteca Sheik continuó operando algunos años, pero finalmente cerró sus puertas para siempre.
