SAX, GENIO DE MALDITA VECINDAD
+ UN SOLEDENSE EN LA HISTORIA DEL ROCK
+ SU MUERTE CIMBRÓ RECUERDOS DE UNA ÉPOCA
Por Jacobo Vázquez / Especial para La Roja
“¡Qué onda, carnales! Soy Sax, músico, multi-instrumentista; saxofonista de Maldita Vecindad, y de muchos proyectos, y pues, bueno, soy oriundo de San Luis Potosí, de un pueblo que se llama Soledad”.
Sax se fue de este mundo dejando un hueco en la música nacional, y en los corazones de millones de mexicanos, sobre todo de aquellos que vivieron a plenitud juvenil los festivos y estrujantes ochentas y noventas del siglo pasado.
Pero el mejor saxofonista de música popular que ha dado México no solo es recordado por esos que hoy rondan la generación del medio siglo, sino por sensibles oyentes de todas las edades, porque las canciones de La Maldita Vecindad son ya clásicas; imprescindibles no solo por ser arte bueno, sino espejos culturales de lo mexicano.
Díganlo sino todos aquellos que parecen atrapados sin salida por muchas notas y letras románticas o atrabancadas de aquellas dos décadas, y las cuales siguen sacando a relucir brillos de nostalgia e intensidad en antros, fiestas, convivios, y reencuentros encanecidos. Que veinte o treinta años no son nada, y se hicieron humo.
Fuimos despertando los oídos con unas rolas de Led Zeppelin que debieron oír nuestros padres (y no escucharon) para llegar luego al heavy metal; nos edulcoramos con Police, imaginamos con Soda Stereo, luego pasamos a las insólitas imágenes de auroras que al caer sobre el barrio se vertieron caifanescas.
Todo eso lo rematamos después con imágenes callejeras, traga-fuegos en las esquinas, niños limpia-parabrisas, y mujeres llamadas calle; en fin, el gran circo en las arterias de la ciudad cruel y maravillosa.
Disfrutamos y nos reconocimos en la mera médula del alma popular con unos malditos hijos del quinto patio que, rebeldes y en la inopia, supieron hacer una picante, sabrosa, irreverente salsa con todo lo que la vida les había heredado y les estaba dando.
Malditos y maldecidos (pero nunca malnacidos) hijos de patios traseros que nunca fueron unos descastados, que jamás renegaron de sus orígenes, de sus oscuras o broncíneas raíces lumpen, tin-tan-escas, albureras, vecinales, siendo eso precisamente su gran aportación cuando supieron integrar todo sin prejuicios… y hasta “Juanga” y su “Querida” tuvieron un espacio ska-tológico.
Coincidían con la época, precisamente en años que empezaban a parir libertades en medio de un sistema priista criminal, autoritario, y muy hipócrita. Momentos en que un antro, “El Nueve”, daba entonces cabida en el Distrito Federal no solo a las emergentes expresiones LGTB, sino a todo el rock mexicano que empezaba a ser intérprete de esos años.
Esos años el artista soledense recién fallecido los recordaba así: “Tocábamos en kioskos y luego de repente en la noche tocábamos en escenarios como rockotitlán… en ese tiempo ‘El Nueve’, que era un antro, uno de los antros más legendarios que aportó al movimiento de la música rock mexicana, era un antro gay, pero todos los jueves permitían que las bandas de rock nuevas se subieran a tocar”.
Profesional, músico siempre, con vocación inquebrantable, Sax nos dejó unos días antes de irse su testamento en una rola comprometida con su gente: “Otros nosotros”, que puede usted ver y escuchar en YouTube.
Vida y muerte se conjugaron en los últimos días que estuvo entre nosotros: al mismo tiempo que anunciaba su alegría por haber terminado de grabar ese material, daba a conocer que había resultado contagiado de Covid.
Ya un año atrás, en marzo del 2020, habían circulado notas falsas donde se le daba por muerto debido a un problema serio de salud que consistía en un padecimiento renal; mismo que no le ayudaría en su lucha contra el Covid, falleciendo este fin de semana.
“Otros nosotros”, es una pieza que abre con remembranzas jazzisticas a base del instrumento que en Kumbala puso a bailar a todo el país en los noventas. Pero esta, su última pieza musical, no es una canción de nostálgico romanticismo de trasnoches, sino una letras que rebosan vitalidad, compromiso, y crítica social.
La melodía sigue, siempre fiel a las fusiones, con tonos árabes, para rematar con el grito de guerra de la protesta, el original canto de la rebeldía que distingue desde siempre al rock: “Unos que matan, otros que matan, ratas se disfrazan con traje y corbata; no importa la vida, solo la riqueza a costa del otro, máxima ganancia”.
Letras viscerales que enseguida ceden el paso a la utopía: “Están los que luchan, los otros que sueñan compartir el mundo y hacer que suceda…somos una raíz y vinimos de la tierra, somos agua de mar, somos luna y somos sol”, dice esta canción casi-póstuma que grabó acompañado con músicos de La Castañeda, Haragán y Cía, y La Tremenda Korte.
Nunca se ha reconocido ni valorado algo que siempre fue claro para los que conocían las entrañas de La Maldita: el músico potosino era el genio que animaba con mayor creatividad al grupo. Eso debe quedar claro ahora que el soledense pasará a la historia de la música nacional.
Dentro de Maldita Vecindad fue el artista más preparado y talentoso. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música de la Ciudad de México, y era el único que sabía leer música por nota dentro de esa agrupación de creadores malditos.
Sin embargo, esa ilustración académica quedaba en segundo lugar ante un talento natural para tocar diversos instrumentos, especialmente los de viento; pero también saxofón (por supuesto), clarinete, trompeta, trombón, flautas, batería, bajo, guitarra, piano, acordeón e instrumentos de viento árabes.
Aunque multi-instrumentista, siempre tuvo claro cuál era su especialidad: “Una de las cosas que más me prendía fue los instrumentos de viento, que siempre se me hicieron muy nostálgicos”.
Hijo legítimo de Soledad de Graciano Sánchez, fue en los ochentas y noventas del siglo pasado no solo un ícono, sino un precursor de los nuevos ritmos que fusionaban el rock con la música popular mexicana.
Sin antecedentes en su familia, la vena musical la traía ya de nacimiento, era su dharma: “Cuando agarré el instrumento empecé a tocar como si ya supiera”, comentaba. Ya casi al final de su vida también confesó: “A través de la música aprendí a amar. Creo que ese es mi máximo tesoro”.
A los once años empezó tocando con instrumentos prestados por la escuela secundaria donde estudiaba, en su natal Soledad de Graciano Sánchez, municipio conurbado a la capital potosina.
Dos años después, a los 13, ya participaba en grupos musicales o interviniendo en fiestas y cobrando sus primeros modestos sueldos de músico, mismos que le dieron la posibilidad de irse al DF, donde se metió a estudiar al ya mencionado Conservatorio.
“Yo empecé a ganar a los 13 años, porque tocaba en fiestas y bailes, y de alguna manera fui acumulando una pequeña inversión para comprarme un boleto y venirme a la Ciudad de México, vivir en un cuarto de azotea”.
Él mismo, Eulalio Cervantes Galarza, relató que muchas veces sobrevivía de una dieta a base de leche y bolillos, comprados con dinero que le regalaban: “Yo pedía dinero, por ejemplo, en las estaciones de autobuses para poder comer”.
Y fue en la calle donde conocería a los “malditos”, quienes de inmediato lo acogieron: estaban admitiendo gustosos al músico más talentoso y más preparado. “Me vieron tocar, y no pues en tres segundos ya estaba grabando…y de ahí nos conocimos, porque en realidad yo era el que más técnica tenía, más improvisación, etcétera”.
Para entonces, aunque había estudiado música formal, él nunca había dejado de cultivar sus inquietudes con lo popular. Siguió así su historia personal como rockero y chavo banda, pandillero soledense adicto al heavy metal, y con rasgos de fusión también en su vestimenta característica: botas, lentes oscuros, sombrero. Pachuco metalero que nunca le hizo el feo a todos los ritmos de lo mexicano.
“Entonces yo saqué mi repertorio de letras, de canciones, de escritura, nadie sabía leer (música por nota), por ejemplo. Y me di cuenta que no era necesario traer una partitura. Simplemente darle”.
Esa idiosincrasia personal hizo un creativo click, un embone prodigioso con los otros músicos de la Maldita, todos ellos arraigados y sin prejuicios hacia las entrañas pueblerinas de la música que habían oído sus padres y abuelos, y que ellos mismos escucharon de niños; intuyeron que toda riqueza proviene y regresa al pueblo…y actuaron en consecuencia.
Así metieron la cultura popular a sus canciones: Tin Tan, el Circo, Solín. Así se atrevieron a grabar “Querida”, de Juan Gabriel, en momentos en que los rockeros le hacían fuchi a ese tipo de música tradicional que recorre las últimas nueve décadas mexicanas, de Agustín Lara a José Alfredo y Juan Gabriel.
El talento de Sax quedó plasmado no solo en arreglos con instrumentos proveniente de otras fuentes (fusiones de ritmos que alcanzaban hasta reminiscencias de la música árabe), sino también en las historias que se encuentran en sus discos, sobre todo en el que lleva el nombre de El Circo.
Fue el potosino de Soledad un lúcido intérprete de una época mexicana a ratos terrible y sísmica, pero también liberadora, sobre todo por artistas que tienen el trabajado don de poner en sonidos y palabras las emociones que muchas veces la banda no alcanza a definir.
Eso fue Sax, un juvenil brujo de la tribu, un chamán que con sus instrumentos de viento y sus palabras le dio nuevas armonías a los lenguajes del amor, la vida, la conciencia, y el compromiso de la raza con su época y sus antepasados.
