San Luis Potosí, México

MANZANERO, ENTRE LOS CUATRO GRANDES QUE MOLDEARON EL AMOR A LA MEXICANA

+ JUNTO A JUAN GABRIEL, JOSE ALFREDO, Y AGUSTÍN LARA, FORMA YA PARTE DE LA HISTORIA SENTIMENTAL DE TODO UN PAÍS

Por Jacobo Vázquez Pérez / Colaboración especial para La Roja

A través del vuelo lírico de sus letras, el chaparrito yucateco Armando Manzanero se ganó la admiración de un país gigante como México.

Con los años, se convirtió en uno de los pilares que moldearon el romanticismo mexicano del siglo XX y las dos primeras décadas del XXI.

Los otros tres: Agustín Lara, Jose Alfredo Jiménez y Juan Gabriel.

Son los cuatro grandes que a través de sus letras, música, y personalidad, definieron mucho de las maneras, los modismos, y los tics amorosos del mexicano.

Más longevo que los otros tres (y menos azotado) vivió Manzanero Canché hasta los 86 años, cuando victima del Covid se despidió físicamente del mundo terrenal este 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes.

Fue así como pasó a ser residente a perpetuidad, junto con los tres ya mencionados, de un exclusivo cementerio de cantautores que rebosa vitalidad y es renovado cada día por miles de atormentadas gargantas que entonan sus canciones.

La música popular-comercial que se oye en la radio es la empaquetada poesía de consumo diario en un país cuyas letras poéticas (a excepción, un poco, de Jaime Sabines) quedan restringidas a círculos más cerrados.

Hay muchos buenos compositores en la historia de México, con canciones célebres que por lo regular la gente no sabe quien las compuso; pero, lo que distingue a estos cuatro, es que no solo son hacedores de melodías clásicas, sino que fueron tan prolíficos que crearon estilo y escuela.

Manzanero fue autor de más de 400 canciones, Agustín Lara de cerca de 700, José Alfredo de más de mil, y Juan Gabriel de alrededor de mil 800.

Ellos cuatro están presentes en las sensaciones, la imaginación, y en los inspirados actos de los enamorados mexicanos al menos desde los años 30’s del siglo pasado, cuando Agustín Lara (1897-1970) tomó por asalto el corazón de los radioescuchas de la XEW, que había sido inaugurada el 18 de septiembre de 1930.

Lara, residente de las calles Homero y Edgar Allan Poe, en la colonia Polanco, fue un Baudelaire de congal, nuestro poeta maldito para usos populares: herido en un burdel por una corista llamada “Estrella”; de vida disipada, con adicciones, y fascinado con la imagen de la prostituta que, para fines poéticos, era “Pecadora”, “Vendedora de amor”, “Flor de tentación”, “Pervertida”.

Este “músico poeta” de nombre kilométrico (Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino) logró conquistar a la diva más arrogante que ha tenido México: María Félix. En una entrevista ésta confesó cierto arrepentimiento por haberlo abandonado; así de seductor era el “flaco de oro” o “el hueso que canta”.

“Por favor, Agustín, no me dejes. Perdóname, voy a obedecer en todo lo que tú me digas”, se cuenta que le decía la Félix al delgado cantante que interpretaba sus letras a la mujer desde los extremos de la cursilería y hasta lo más sublime de la magia poética.

Por ese estilo almibarado o sublime resulta desconcertante que en una larga entrevista con Ricardo Garibay concluya diciendo: “las mujeres sólo sirven para limpiarse el nabo”. ¿Y para terminar en eso tanto derroche de retórica ceremoniosa, melodramática y grandilocuente, maestro?, se pregunta uno.

Si la recurrencia temática de Lara era la mujer en el imaginario del amor y la perdición, José Alfredo le agrega a esa misma inquietud otra obsesión, la dipsomanía, el alcoholismo, la borrachera pues: «que me sirvan de una vez pa’ todo el año, que me pienso seriamente emborrachar»; porque, ustedes saben, «llegó borracho el borracho, pidiendo cinco tequilas»; y así “en la última copa nos vamos”.

José Alfredo era trovador de un existencialismo nihilista y contundente, otro poeta maldito, como Lara, pero este de barrio: «la vida no vale nada, no vale nada la vida, comienza siempre llorando y así llorando se acaba».

La primera frase de tal enunciado fue usada por Carlos Fuentes en su novela La muerte de Artemio Cruz, quien, sin embargo, le escamoteó el crédito al autor con una especie de implícito homenaje -quizá mayor-, pues atribuye la canción a lo popular mexicano.

Al menos, en una entrevista Fuentes lo deja ver así: «Cuando escribí esa obra no me pareció pertinente mencionar en el preludio a ese febril cantautor que había devorado nuestro imaginario. Su talento permeó la noche, la intimidad, todos los recodos de nuestra región más transparente y nuestras zonas sagradas».

Ambos, Lara y Jiménez, compusieron además sobresalientes piezas, muy alejadas de las citadas manías monotemáticas. Que al vulgo le gusten y prefiera las canciones que se refieren a sus vicios y perdiciones no es culpa de ellos.

Lo mismo hizo Juan Gabriel, con quien se completa el cuarteto de “educadores” sentimentales de México.

“Juanga” encarna de alguna manera la tradicional homosexualidad a la mexicana, esa que todos saben pero que nadie asume, y de la que mejor no se habla, empezando por Alberto Aguilera, su nombre verdadero.

¿Juan Gabriel es gay?, le preguntaron alguna vez, y la respuesta fue clara como la ambigüedad o el agua marina: “Dicen que lo que se ve no se pregunta, mijo”, respondió.

Poca o nula relevancia temática tiene su tendencia homoerótica en las letras que compuso, pues sus canciones dan en el clavo de la sensibilidad del público, independientemente del color que en el arco iris amoroso prefería el autor.

Este ícono de la música popular estrenó una telenovela a sus 65 años (fallecería un año después, en 2016), la cual lleva por título el de una de sus canciones: “Hasta que te conocí”.

La serie televisiva es una especie de biografía, al punto de que  “quien se pregunte por la causa del sufrimiento del Divo de Juárez (interpretado por el autor Julián Román), puede encontrar en la serie ‘Hasta que te conocí’ algunas respuestas”, asienta una nota de El País.

La producción es de Disney, SOMOS Productions y BTF Media para TNT, y el material textual que le da origen son grabaciones del propio Divo rememorando su vida.

Esa cinta fue una especie de puesta al día de más melodrama a la mexicana: apego a la madre, lucha por el éxito, sentimientos nobles, desamores, y algunas dosis de chantaje sentimental,  a la altura, ni más ni menos de muchas de sus canciones.

Por lo pronto, y para no desentonar, Juan Gabriel sólo pudo ver en un principio hasta el capítulo 4: “porque lloraba, y lloraba y lloraba, y se le removió todo lo que no quería que se le removiera hace 40 años…”, comentó en una entrevista el actor Julián Román.

Se trató de la biografía autorizada de unos “ojos que han derramado tantas lágrimas por penas de dolor, de amor, de tantas despedidas, y de esperas…”.

Ahora, cuatro años después, fallece Manzanero, el autor de canciones internacionales, como “Somos novios”, cantada por Elvis Presley en 1973. O su canción “Adoro”, que fue popular en países tan disímbolos como Corea, Japón, España, e Italia.

Si en Agustín Lara permeaba lo bohemio y la “perdición” de la mujer; y en José Alfredo el bolero ranchero y el alcohol; y en Juan Gabriel el amor universal que no decía su verdadero nombre; en Manzanero hay siempre una atmósfera de romanticismo adecentado, de clase media.

“Adoro, la forma en que sonríes
y el modo, en que a veces me riñes”… “Somos novios
pues, los dos sentimos mutuo amor profundo”… “Esta tarde vi llover, vi gente correr, y no estabas tú…”.

Cuatro maestros modulando emociones de todo un país, a lo largo de casi un siglo.

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