Teléfonos de emergencia suenan. Un hombre fue encontrado sin vida, aparentemente en un hecho violento.
La noche ya era trágica, pero lo más inquietante no fue solo el crimen, fue lo que ocurrió después.
Decenas de personas comenzaron a acercarse para ver, no buscaban ayudar, no medían las consecuencias, no escuchaban a las autoridades.
Algunos eran vecinos, otros curiosos atraídos por lo que ya circulaba en redes, muchos de ellos, de la mano de sus hijos.
El perito levantaba los indicios de aquella consternante escena, o por lo menos lo intentaba, porque minutos antes había sido contaminada y no por los responsables, esta vez, eran los espectadores.
No se trataba de un show de entrenamiento, pero había público.
Cientos de veces nos preguntamos por qué cada vez más niños y adolescentes cometen actos violentos.
¿De verdad el problema empieza en Internet?
Culpamos al bullying, la violencia digital a la narcocultura, redes sociales y pocas veces volteamos a ver el origen: la casa.
Un menor no necesita un arma para normalizar la violencia, le basta con observar. Con lo que ve.
Con lo que aprende.
Padres que graban, que exhiben, que permiten.
Niños que replican.
El problema no siempre está en lo que consumen… sino en lo que se les enseña a tolerar.
Ningún niño debería crecer viendo violencia por morbo, mucho menos cuando es opcional.

Kenia Figueroa
